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México y el mundo.

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El estadio Azteca lucha contra el reloj

  • Foto del escritor: Redacción
    Redacción
  • 6 mar
  • 2 Min. de lectura

A 100 días de que comience la Copa Mundial de la FIFA, hay un reloj invisible que avanza más rápido que la cuenta regresiva. No existe fiesta, sino premura. “Ahí vamos, a marchas forzadas”, relata uno de los transportadores de material, con el cansancio acumulado en las botas. ¿Estará a tiempo?, se le pregunta mientras el esfuerzo por levantar un par de cubetas con 19 litros de pintura morada se le marca en los tendones del cuello. “Eso esperamos”. La puerta 1, la más cercana a calzada de Tlalpan, es la única vía que conecta con el exterior. El acceso es un ritual de desconfianza: identificaciones, nombres, áreas de trabajo y jerarquías. Nadie pasa si no pertenece al engranaje.


Alrededor del estadio Azteca, el ruido de las máquinas excavadoras es constante. Los trabajadores que caminan la explanada llevan cascos, chalecos de malla reflejante y sombreros cazadores. Son figuras anónimas que transportan el peso del mundo en carretillas cargadas de cemento, moviéndose entre una polvareda que lo iguala todo. Un muro de madera y paneles de aluminio protegen el secreto de la construcción. Debajo de un enorme letrero que renombra el lugar como estadio Banorte, tres camiones de carga distribuyen fierros y varillas de gran tamaño. Los obreros se arremolinan, se tensan, separan el acero según una geografía que sólo ellos entienden.


Para ver el monstruo completo, los peatones prefieren subir al puente de Tlalpan, donde coinciden policías, comerciantes de comida y supervisores que analizan planos de construcción. Las otras entradas están cerradas con llave, como si el estadio tuviera temor de que alguien descubriera sus entrañas antes de tiempo. Si alguna persona se detiene a mirar desde la banqueta, lo único que alcanza a ver es la bruma y una parte del torso del Citlali, icónica estructura de casi 26 metros que hoy está rodeada de escombros.

 
 
 

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